Insomnio – Syra Jiménez-Pajarero – #HistoriasDeAndarPorCasa

sábado, abril 18, 2020

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INSOMNIO

Siempre supe que esta sería mi casa definitiva. Nos lo habíamos jugado todo a una única carta soñando con un piso frente al mar. Nuestros ahorros de dos décadas en continuo sacrificio y los venideros estaban ahí depositados. Aún recuerdo la imagen del domótico inmueble, proveniente de una maqueta color verde agua, y a su grandilocuente vendedor jactándose de inmejorables  calidades; entretanto mi pensamiento se evadía imaginando su espléndida luz y la alegría que habitarían sus espacios.

Estaba segura que esta vivienda se convertiría no solo en la primera propiedad  familiar  sino  también en la segunda residencia vacacional e incluso en el último reducto donde  terminaría  viviendo en Lanzarote. El largo y paciente camino de vicisitudes, alineándose bondades en críticos momentos, había valido la pena. Mi hogar era sin duda privilegiado refugio  en  obligado confinamiento ante el  coronavirus.

La habitación estudio de la fachada norte se erigía en sólido pilar de comunicación desde el 16 de marzo. La publicación del real decreto en el BOE, declarando el estado de alarma, suspendía las clases presenciales motivando  que mi labor  docente continuara de  manera virtual. Su ventana,  imán de cotidianidades del patio, se sumaba por la mañana a una sutil invitación, asistiendo gratuitamente al concierto en directo de frenéticas lavadoras, tintineos  de  loza  y  pertinaces  taladros, que felizmente tornaba atardeciendo al de juguetonas voces infantiles, melodías de instrumentos musicales y resilientes  aplausos.

Mis alumnos desconocían que todavía seguía de baja médica. El esguince del tobillo  derecho persistía en su dolor, claramente nimio, comparado con el sufrido por miles de personas en el  mundo, a consecuencia de la veloz y traumática pandemia. Las noticias revelaban diariamente escalofriantes cifras de contagios de Covid-19, fallecimientos de seres queridos sin beso de despedida, la soledad de injustas muertes y la angustia lacerante de inciertos futuros laborales.

¿Cómo contribuir a controlar esa desmedida sinrazón? Quedarse en casa constituía la rotunda respuesta.

Un domingo de cuarentena descubrimos mi marido y yo a alguien saltándose la norma.  Finalizábamos casi el almuerzo en la terraza, asiduo mirador de numerosos barcos y cruceros,  cuando escuchamos a la perpleja vecina de al lado señalar el avistamiento de un incívico submarinista. ¿No era consciente de la global prohibición? La anhelada libertad le  duró  poco. Sendas patrullas de policía aparecieron en escena y tras febril persecución capturaron sus ágiles aletas.  Terminada la espontanea observación telescópica, disfrutamos de la vivificante energía del  ala sur de la vivienda, del sosegado murmullo de la marea y de la visión del afortunado paseo de canes con la absoluta certeza de que la naturaleza pronto nos   abrazaría.

Por ahora mi pequeña biblioteca me regalaba el caluroso encuentro de fieles autores y personajes   de novelas, ávidos de tertulia. Conversaría con ellos después porque tenía una  cita al final  del  pasillo e iba con retraso. No estaba acostumbrada a andar con   muletas.

-Buenas tardes- pronuncié. Don Alonso Quijano no contestó. Sus ojos desorbitados proyectaban el insomnio de titánica lucha contra el coronavirus y la preocupación por hallar la eficaz vacuna.


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